Juventud Obrera Cristiana - Nº 30. Diciembre 2015

Juventud Obrera

Nº 30. Diciembre 2015

Hay momentos en la historia en los que las situaciones dramáticas
de millones de hombres y mujeres interpelan por fin a la Comunidad
internacional, se nos cae el velo de occidente y sentimos más de cerca el
dolor de aquellos/as hermanos/as que están muriendo de manera injusta.
A principios de septiembre, con la llamada “crisis migratoria”, cientos de
miles de personas llegaban a las fronteras de Europa, y entonces comenzamos
a mirar de reojo el drama del que huían, las guerras, muchas
originadas y perpetradas desde este norte, muchas armadas desde nuestro
propio país, España, sexto exportador de armas en el mundo.
Hace unos días, el 13 de noviembre, los atentados que hubo en París
nos trajeron parte de ese horror y sufrimiento muy cerca, y tiene un gran
valor la solidaridad que desde entonces, ha venido mostrando tanta gente
con las víctimas de ese atroz suceso y sus familias, con temor y siendo
conscientes de que podría pasarnos a cualquiera, alzando la voz por la
necesaria paz que nos hace humanos. Pero también en esos días, hubo
atentados similares en países como el Líbano que se cobraron decenas
de vidas inocentes, y apenas nos hablaron de ello, apenas manifestamos
nuestra solidaridad por ello. Ni lo hicimos con Siria. Caminar hacia una familia
humana donde todos y todas nos reconozcamos con la misma dignidad
de Hijos de Dios nos urge a decir que no podemos continuar así, indiferentes
ante tanto dolor y sufrimiento que la violencia genera, aquí y allá.
No podemos continuar de espectadores ante las muertes por sofocamiento,
penurias, violencias o naufragios que no cuentan ni con
un día de luto, ni podemos tolerar que se sigan bombardeando países,
como volvió hacer Francia el 15 de noviembre, como supuesta solución
para acabar con un terrorismo que, casualmente, proliferó y se acentuó
antes en medio de conflictos bélicos. Como comunidad cristiana, no podemos
tolerar que la respuesta ante la situación de tantas personas que
hoy arriesgan su vida huyendo de este horror, sea una política de mayor
control de flujos migratorios levantando muros, en forma de vallas y de
miedo que conduce al odio y la xenofobia.
Ante estas cuestiones, ¿cómo puede actuar la Iglesia si no inspirándose
en el ejemplo de Jesucristo, cuya respuesta es la misericordia? ¿Cómo
hacer oídos sordos a la parábola del Buen Samaritano?
O cómo obviar, "que según la moral cristiana, todo lo que una persona
tiene de más, una vez ha cubierto suficiente y dignamente sus necesidades,
deja de pertenecerle y pasa a ser de quienes lo necesitan, de manea
que la propiedad privada no es un derecho absoluto sino un derecho secundario
que sólo vale en la medida en que sirva para realizar “el destino
común de los bienes de la tierra” que es el verdadero derecho primario
(ver p. e. Populorum progressio n. 22). Y de acuerdo con esto, muchos
emigrantes a quienes rechazamos de mil maneras, no vienen a quitarnos
lo nuestro sino a recuperar lo que es suyo. ¿No sería entonces más seguro,
en vez de cerrar nuestras fronteras, poner fronteras a nuestra
avaricia?" (Ignacio González Faus, "meditación sobre el 13N")

 

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